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CRÓNICA SENTIMENTAL EN ROJO
Título: Crónica sentimental en rojo Autor: Franciso Gonzalez Ledesma Editorial: Planeta, 1984
Franciso Gonzalez Ledesma (Barcelona, 1927), periodista y escritor hijo del barrio del Poblesec, ha ganado prestigiosos premios literarios. Uno de ellos fue el Planeta de 1984, con una novela negra, Crónica sentimental en rojo, donde aparece en su portada una fotografía de El Molino: "(…) butaca en el Círculo del Liceo, cenas en el Círculo Ecuestre, vernissages en la Sala Parés y de vez en cuando excursiones canallas al Molino para llevarse alguna corista y practicar con ella las vicisitudes del salto del tigre. (…)"
Sus descripciones de una Barcelona que ya ha desaparecido, nos quedarán para siempre inmortalizadas en las palabras de su entrañable comisario Méndez, un auténtico experto en el Barrio Chino, el Raval y el Paralelo, y cliente habitual de El Molino...
En otra novela suya, La Dama de Cachemira (1986), Ed. Hardcover hace una detallada y bellísima descripción de lo que fue este mítico local del Paralelo: "(…) Las calles de Salvá y del Rosal, en el Pueblo Seco barcelonés, están separadas, cuando nacen en la línea del Paralelo, por un par de edificios y un solo centro cívico que además es uno de los vestigios del pasado más importantes de Europa: el Molino. Mezcla de cabaret, café concierto, nido de poetas en rigurosa descomposición, lonja de contratación de granos al mayor, aceros de Avilés, tabaco de comiso, coches usados y señoritas en situación de prestar servicio..."
"El Molino, con sus aspas eternamente inmóviles y su escenario que seguramente es el más pequeño del mundo, perteneció también al universo de Méndez, que muchos años antes había prestado eficacísimos servicios de vigilancia en él (…)"
El público había cambiado, se manipulaba en solitario (o sea, que no tenía el menor interés en ayudar al prójimo), bebía auténtico cava Codorniu y pagaba al menor requerimiento de los camareros, es decir, era un público carente de emociones, un público que no valía ya tanto la pena. Pero Méndez recordaba muy bien los cuplés de Bella Dorita, que llevaba en su boca la historia del Paralelo, su boca grande, su voz pastosa, que arrastraba en su profundidad toda la alegría y toda la muerte de la noche y de la juventud que pasa (ha venido el electricista/a mirarme el contador/y me ha dicho que lo tengo/muy requetesuperior/sólo le encuentra un defecto/que es muy fácil remediarlo/un agujerito en medio/pero que él puede taparlo). O la despedida de Johnson, hombre -se decía- de varios sexos, "rey del Molino soy", llevando el pasado en su mirada perdida.
Recordaba también los primeros tiempos de Escamillo, que un día fue joven y tuvo un chorro de voz y unos ojos que miraban al cielo, hasta que la profundidad del pequeño escenario lo devoró, lo hizo suyo y del tiempo que no vuelve.
Y la canción canalla de las chicas del conjunto, canción que subía con la luz hasta el humo azul del último palco (la banana pa comerla/hay que quitarle la piel/si usté quiere se la pelo/y se la come después). Y el can-can, apenas tolerado aquellos años por la censura oficial; mujeres que enseñaban piernas e interioridades de salón privé; y Lidia, la compañera de Johnson, desvaneciéndose en el vacío, tragada por las noches sin historia; y los muslos de Mary Mont, y el silencio sideral de la calle cuando el Molino se había cerrado, cuando por el Paralelo ya no pasaba ni un tranvía y en la confluencia de Rosal y Salvá sólo quedaban tres cosas: la soledad de la noche, una vieja en busca de un portal para quemar su último pitillo y una muchacha en busca de un cliente para quemar su última esperanza.
En los buenos tiempos de Méndez, cuando el Paralelo -a pesar de la gran miseria colectiva del barrio- era una fiesta, se desarrollaba ante el Molino, en la pequeña plaza frontera, un activísimo comercio indígena: melones y sandías en verano, café o achicoria calientes, servidos en carritos ambulantes durante el invierno. En otoño se asentaban las castañeras y en primavera Méndez se situaba allí para ver florecer las niñas que estrenaban culo y a los poetas de mirada perdida que estaban a punto de estrenar inspiración urbana. Parte del activísimo comercio, aunque éste sólo para iniciados, se desarrolló hasta su desaparición en un chiringuito donde los tranviarios tomaban entre dos luces el primer brebaje de la mañana y donde los cobradores a domicilio se derrumbaban a veces, pensando si también había que subir escaleras para llegar al paraíso prometido. La zona de El Molino estaba entonces llena de cafés con clientela a toda prueba (El Rosales, El Español), y de cabarets para hombres audaces (El Sevilla, el Bataclán), pero ahora esos grandes templos de la convivencia ya no existían. Habían sido substituidos por casas de muebles a plazos y por exposiciones de cocinas todo comprendido, donde una buena esposa tendría el trabajo tan fácil que hasta le quedaría tiempo para ser infiel (…)"
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