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EL MOLINO, DE CAFÉ CONCIERTO A INSTITUCIÓN
Francisco Serrano y Vicenta Fernández (doña Fernanda), un matrimonio que ha sido decisivo para el éxito del último café concierto de Europa. La magia de los espectáculos y el renombre de sus artistas han contribuido a que El Molino se convierta en una verdadera institución ciudadana.
"Desde 1921 Francisco Serrano, de CasteIlón de la Plana, que sería mi marido, pero que aún no me conocía, ya tenía El Bataclán. Yo soy riojana, nací en Cenicero. De muy niña me llevaron a Francia; estuve en los Altos Pirineos y después en Burdeos. Allí, una vecina, que era maestra de baile clásico en el Teatro de la Ópera, me dio clases de ballet. Yo tenía mucha afición, porque me encantaba. Durante un par de años era una más en el cuerpo de baile de la Ópera de Burdeos y encarnaba algún papel sin importancia. Tendría quince años cuando mis padres me llevaron a Barcelona. Fui a las clases de Pauleta Pàmies; ella me quería integrar en el cuerpo del ballet del Liceo, pero yo quería actuar sola. Contaba 21 años cuando debuté en el Arnau, que en aquel entonces se llamaba "Folies Bergère". Después me contrató Fernando Serrano, empresario del Bataclán y actuaba con el nombre de "Fernandita."
(El Bataclán, prestigioso en su género, estaba anclado en la esquina de Paral.lel y Poeta Cabanyes, frente al Cómico. Su especialidad eran las variedades, pero después hizo también revista. Quien desgrana sus recuerdos es la señora Vicenta Fernández, a quien se la conoce como Fernanda, derivado de su nombre artístico Fernandíta, que casó con el empresario Francisco Serrano.)
Las butacas de El Bataclan
"Poco después del 18 de julio tuvimos que marchar de Barcelona porque nos perseguían por el mero hecho de ser él empresario. Nos refugiamos en una torre de Alella, cuyo jardín convirtió mi marido en huerto y que por fortuna nos ayudó bastante a sobrevivir. Él también sabía fabricar alpargatas y lamparitas, que se las ingeniaba para vender y sacar algún dinero. La programación de El Bataclán y también la de El Molino prosiguieron durante la Guerra. Al volver a Barcelona, poco después de la entrada de las tropas de Franco, fuimos al encuentro del dueño del Bataclán, con ánimo de comprárselo, pero no aceptó. Le sugirió que buscare otro salón de espectáculos y que él le pagaría el traspaso. Mi marido logró llegar a un acuerdo de arrendamiento con El Molino. Años más tarde compramos el local."
(A fines de siglo el barracón allí mismo enclavado y escenario de variedades fue bautizado "La Pajarera". En 1910 le cambiaron el nombre por "Petit PaIais". Tan pronto como el destacado arquitecto modernista levantó el edificio que ha llegado milagrosamente intacto a nuestros días, pasó a llamarse "Moulin Rouge", pero todo el mundo lo conocía por "el Moulin". El empresario era Antoni Astell. El ordeno y mando del gobernador González Oliveros contra la extranjería, en la inmediata postguerra, provocó el nuevo y definitivo nombre de "El Molino".)
"El Molino era entonces sala de fiestas, con el patio de butacas convertido en pista de baile con mesitas, pero nosotros le devolvimos su aire tradicional e instalamos otra vez las butacas, que nos cedieron del Bataclán. Mi marido se dedicaba a la administración y todo lo artístico estaba bajo mi sola responsabilidad. Por la tarde hacía variedades; por la noche, revista, y venia un público menos alborotador y más pacífico. También monté vodeviles."
Respeto por el local
(El local no estaba muy bien conservado. Le dieron una mano de pintura y respetaron todo tal cual estaba, tanto en el interior como en la fachada. El público no había distinguido a El Molino con una asistencia masiva, pero con el tiempo se llegó a hacer cola para entrar.)
"Contraté en seguida a Maruja Tomás, a Bella Dorita y a Johnson. Bella Dorita tenía tablas y aún mayor picardía; sabía decir, tenía mucha expresión en la cara y en las manos. Johnson hizo pareja con Lydia, que entonces actuaba sola, años más tarde se casaría con Ricardo Zamora, quien la venia a buscar cada noche. Johnson tenía la magia de establecer el diálogo con el público y lograr su regocijante participación, Era italiano, de una simpatía desbordante y sólo la muerte le pudo separar de El Molino. Le enseñé algunas canciones en francés, que en seguida aprendía. Yo tenía a un maestro con el que nos compenetrábamos mucho en la creación de la música y de las nuevas canciones: López Marín. Las letras las hacíamos entre los dos. Del vestuario se encargó primero la señora Ripoll y después, durante casi veinticinco años, Fernando Albalá. Sergio Lozano hacía los figurines."
(Doña Fernanda intervenía en todo, porque sabía con exactitud lo que quería. Y no sólo porque procedía del mundo del escenario, sino porque le encantaba ir a menudo a París para ver los espectáculos e incorporar lo más nuevo. Al volver les entregaba revistas para que vieran lo que más le había gustado o bien les describía con minuciosidad nuevas ideas.)
Vigilancia y censura
"Estábamos muy vigilados; una pareja de guardias estaba sentada y cuidaban de que se mantuviera el orden. El problema de censura era tremendo; nos hacían presentar una fotografía del número que iba a representar cada chica, con su nombre y toda la letra de la canción. Cambiaban cuanto les parecía y corregían el vestuario, añadiendo siempre más ropa. Después, el día menos pensado, se presentaban para comprobar si la representación se ajustaba a lo convenido. Me impusieron más de un centenar de multas y llegaron a cerrarme el local tres meses. El dos piezas estuvo prohibido durante muchos años. Pero lográbamos hacer y mostrar más de lo que nos estaba permitido. A Mary Mistral la tenía que advertir continuamente: '¡Mary, haz el favor de no hacer eso, que me van a cerrar El Molino!', y me replicaba con toda la candidez del mundo: "¡Se me ha escapado!' Ella disfrutaba al ver cómo el público se apasionaba."
(Bella Dorita lucía un lujoso traje de época, con varias flores grandes en la falda y ella, con mucha picardía, sabía levantar una flor y enseñar algo más de lo permitido, lo que levantaba rugidos del personal. Y ella misma protagonizó uno de los mayores alborotos. En el número final ella aparecía con un gran mantón de manila. Un día se empeñó en salir a actuar sin nada debajo, pero al advertirlo Francisco Serrano le dijo que era impasible porque había dos policías vigilando. Entonces ella se negó a salir a escena. El público se impacientaba y pateaba, pero cuando la descubrió en un palco, el escándalo fue mayúsculo, a la par que coreaban con insistencia su nombre; rompieron incluso algunas butacas. Los guardias de asalto la interrogaron y al comprobar que no había un motivo razonable para no salir a trabajar, se la llevaron y permaneció detenida un par de días.)
Multas por el catalán
"El más conflictivo de todos fue Escamillo. Tenía la manía de soltar palabras en catalán, que estaba terminantemente prohibido. Y cuando yo le pedía que no lo hiciera por temor a las multas, me amenazaba entonces con hablar en portugués. Al terminar la reviste, de madrugada, organizábamos un alterne arriba, en el 'foyer', con todas las chicas. De hecho, no había horario fijo de cierre: aguantábamos mientras hubiera un cliente. Había baile con la orquestita del negro Vicente Gallardo. Una gran estufa de carbón impedía que las muchachas, ligeritas de ropa, pillaran frío. Cuando decidí suprimir el 'foyer' porque El Molino se había convertido en un espectáculo al que acudían familias enteras, el jefe superior de Policía me felicitó. Mi marido y yo íbamos cada día, tarde y noche. Mi marido murió en 1970. Yo seguí al frente, hasta que en 1981 decidí vender El Molino, que me compraron Ricardo Ardévol y Emilio Caballé. Sin embargo, suelo ir cada tarde: fue y es mi vida."
(Bombón González, Estaco, Olga Vidalia, Merche Mar, Christa Leem, Pipper, La Maña, Teresita la Mojada y otros muchos nombres han contribuido, cada uno en su medida y de la mano de Vicenta Fernández, a cimentar la celebridad de El Molino y convertirlo en una institución ciudadana. Pese a que un buen día decidieron retirar aquella deliciosa pizarrita que anunciaba cada nuevo número y modernizaron el estilo, El Molino siguió siendo El Molino de siempre. Que dure, porque en El Molino de mis amores todo dura: el edificio y el salón han sobrevivido inviolados casi tres cuartos de siglo; cada espectáculo permanece en cartel por lo menos un año, como en los grandes escenarios de revista de París; la antigüedad de los empleados se cuenta por decenios, desde los artistas hasta los camareros, y no olvidemos a Luisa, todo un personaje. Doña Fernanda no sólo ha permanecido cuarenta largos años al pie del cañón, sino que supo ganarse el amor de cuantos trabajaron con ella y a sus órdenes, echándola mucho a faltar cuando decidió retirarse de la dirección. Mucha gloria para el último café concierto de Europa. "Ad multos annos".)
La Vanguardia LLuís Permanyer 19 de Junio de 1988
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