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UNA NOCHE EN EL PARALELO

(...) Y entre todos ellos, hay un local que no cerrará cuando lleguen las barricadas que llenarán la calle, durante los años de la Guerra Civil, y que subsistirá en los momentos de escasez de la posguerra. Ahora es un café concierto de poco éxito que se llama La Pajarera. Con los años, mirará hacia París para afrancesarse y para cambiar de nombre. Con los años será el Moulin Rouge, un nombre que la censura de 1940 cambiará por El Molino. 

El mítico "Molino"

El Molino visto por Quim ManresaUna sala con mesitas y un escenario: éste es el origen de El Molino. Por menos de una peseta, uno puede pasarse allí desde las 10 de la noche hasta las 4 de la mañana acompañado de una gaseosa y de las sesenta u ochenta piernas que se mueven en el escenario. Más adelante, un nuevo edificio contendrá un amplio patio de butacas y unos palcos "con pretensiones". Las aspas son de 1929, cuando se reforma la fachada.

"Estrella de la canción. ¡Arte, dicción, lujo!" La función comienza con las teloneras, aplaudidas frenéticamente por la "sopa". Primero entra una, luego otra, y otra... hasta 30 ó 40. Todas provienen de la misma escuela de baile: la de la calle Nou, que las fabrica en serie. Pieles blancas y curvas generosas, llevan el compás con las rodillas y van vestidas con lo mínimo. Tras ellas, salen las estrellas: la Bella Dorita, Johnson... Mientras el público grita, los músicos tocan sin parar y el encargado del foco pone misterio en el escenario.

"Vamos arriba". Los más adinerados, cuando se acaba la función, tienen acceso al primer piso del edificio: el foyer o saloncito de descanso. Se trata de un after hours con dos elementos indispensables: la mesa de juego y el escote generoso de la biosa (curiosa derivación de "habilleuse") de las chicas que les acompañan. Un club informal para clientes asiduos y amantes del xampany.

En la cocina se juega a las cartas. Con las chicas, todo depende de la habilidad del cliente y del dinero que lleve en el bolsillo. De hecho, la estufa del primer piso de El Molino a menudo se apaga cuando sale el sol.

Ha llegado la censura

El Paralelo alcanza su máximo esplendor desde principios de siglo hasta los años 30. La posguerra va apagando uno a uno sus carteles luminosos. En los años 40 y 50 muchos locales cerraron, y otros se convirtieron en cines. Las revistas pasaron a ser salas de fiestas. Una pareja de guardias civiles se sentaba entre el público: si las letras de las canciones y los escotes y minifaldas sobrepasaban los límites dictados por los censores de la época, la multa era inmediata. Pero, a pesar de las dificultades, en aquellas salas triunfaron actores, actrices y cómicos que dignificaron el género frívolo, y lo que antaño eran barracas de feria se convirtieron en teatros visitados por un público fiel.

Ahora, las nuevas tendencias y la especulación urbanística han transformado la fisonomía de la avenida. Sobreviven 3 teatros: el Apolo, el Victoria y el Condal. El Arnau y El Molino esperan en silencio con las puertas cerradas. Allí donde antaño se escuchaba la música de la alegría, hoy se oyen el ruido anónimo de una avenida urbana. (...)

Fuente: Sàpiens / Febrero 2004

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